Los Caballeros de la Mesa Redonda

Cuentan las “Leyendas Artúricas” (del Rey Arturo, a saber), que los Caballeros de la Mesa Redonda se sentaban ante una mesa con forma circular, con el objetivo de que ninguno tuviera más privilegios que otro, incluido el propio Rey. De esta manera, nadie sobresalía del resto, siendo todos iguales y sin un “líder”, como los de otras tantas mesas medievales.

Curiosamente, podía inferirse la importancia de cada uno en función del número de asientos que lo separaban del Rey, por lo que éste (astuto como era), dejaba que sus caballeros se sentaran aleatoriamente sin saber dónde se sentaría él cada vez.

Ya en nuestros días, las “Leyendas Accentúricas” (de Accenture, que bien valdría cualquier otra compañía) nos cuentan que rara vez se da la ocasión de sentarse ante una mesa redonda (en algún despacho, quizás), si acaso ovalada, cuadrada o rectangular. Mucho menos aún, se da el hecho de que todos tengan los mismos privilegios o condición ante los demás (tema este que trataré con más profundidad en una próxima entrega que lleva por título “Master and Commander“).

Aunque nos parezca trivial, el simple hecho de sentarnos a una mesa de reunión (con más gente, obviamente), puede tener un impacto enorme para nuestra carrera profesional o para alcanzar los objetivos con un cliente. He observado con demasiada frecuencia cómo ejecutivos experimentados (y no digamos comerciales) cometían errores imperdonables en el momento de sentarse a una reunión, reduciendo notablemente sus posibilidades al situarse de forma incorrecta ante sus interlocutores.

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El Hombre que Nunca Estuvo Allí

Magnífica película de los hermanos Coen rodada en blanco y negro (escala de grises, para los geeks) que narra la triste y aburrida vida sin emociones de un peluquero de pueblo (Billy Bob Thornton) en 1949. (Bueno, en realidad se ve implicado en un asesinato, pero no es la parte que más interesa para esta nueva entrada).

Lo llamativo del personaje es que se trata de un hombre absolutamente “gris”, que cumple con su trabajo, sus obligaciones domésticas y contribuye a la sociedad (este punto siempre me resulta llamativo de la cultura anglosajona, no sé porqué), y todo ello sin destacar lo más mínimo ni llamar la atención sobre su persona.

Bajo ninguna circunstancia se enfada, ni levanta la voz, ni participa activamente (o pro-activamente) en nada, sin expresar sus propias opiniones (que las tiene), sino que se deja llevar por el entorno, haciendo lo que le dicen que haga, y pasando sin pena ni gloria por su vida y las de los que le rodean.

En definitiva, el perfecto ciudadano cumplidor, responsable y absolutamente desconocido para su entorno. Realmente, si muriera, sería como si nunca hubiera estado allí (aunque el título no se refiera a esto último).

Curiosamente, este mismo “tipo” aparece con frecuencia en nuestro entorno laboral, como un compañero de trabajo competente, profesional y entregado (pero tampoco demasiado). Precisamente este es su rasgo más destacable: “No Demasiado” de nada.

En ocasiones nos puede resultar difícil detectarlo entre nosotros, dado que no es propenso a relacionarse (demasiado) con sus compañeros de trabajo, ni a confraternizar después de la jornada laboral, ni a proponer iniciativas (las apoya si surgen de otros) y jamás genera polémica ni mal ambiente con sus compañeros. El día que deja la empresa, nadie se acuerda ni de su nombre…

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El Patio de Colegio

Qué “monos” estos niños jugando en el patio del colegio ¿verdad?

¿Quién no recuerda con ternura aquellos momentos de nuestra infancia en los que intercambiábamos cromos, juguetes e historias con nuestros amigos más fieles?

Inventábamos aventuras en las que éramos superhéroes o piratas o villanos, y conspirábamos para fastidiar a los profesores de formas maquiavélicas (que casi nunca llevábamos a la práctica).

En clase, nos escondíamos unos a otros algún objeto de valor incalculable: el estuche, el “boli” favorito, la mochila, lo que fuera que fastidiara más al enemigo acérrimo (el que nos caía mal). Nos compinchábamos con nuestro “amigo para siempre” con el objetivo único de reírnos de la víctima escogida, a través de apodos brillantes, o cualquier otra argucia que nos hiciera parecer los más “guays” de la clase.

También nos peleábamos y reñíamos, y nos pasábamos horas o incluso días sin hablarnos con algún amiguito que nos había hecho alguna faena terrible…

… hasta que llegaba algún “mayor” (profesor o padre) para poner orden y solucionar los desencuentros, y la terrible ofensa pasaba a la historia como tontería sin importancia.

Mucho debía de gustarnos esta época para haberla trasladado a nuestras vidas actuales en el entorno profesional.

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