El Loro del Pirata

Tradicionalmente, siempre que pensamos en piratas, corsarios y bucaneros, nos viene a la memoria la imagen del típico pirata con barba, parche en el ojo, pata de palo (si ya lleva un tiempo en el oficio) y, por supuesto, el ya famoso loro como animal inseparable de su amo.

Es interesante ver cómo, a lo largo de la historia de cine, el género de “piratas” siempre incluye a este bicho, que se caracteriza por su insolencia, su mirada hostil y su constante vigilar a los subordinados del capitán en cuestión. Dicho animal acaba resultando pesado e irritante la mayoría de las veces, cuando no odioso. En definitiva, y salvo raras excepciones, a todos nos entran ganas de desplumar al animalito en cuestión para que calle, o cuando menos, tirarlo por la borda para poner fin a su constante mirada inquisitoria.

Curiosamente, este misma figura (el “loro”, no el “pirata” que también los hay), la encontramos en prácticamente todas las empresas, ya sea en forma de Jefe de Proyecto, Gerente o Director de “algo”, es decir, como “mando intermedio” con algo de poder, pero tampoco demasiado. Su comportamiento típico para con sus subordinados consiste en delegarles tareas o asignarles trabajos que habrán de realizar (siempre de acuerdo a sus capacidades profesionales, por supuesto) en un plazo determinado o para una fecha de entrega concreta.

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Los Caballeros de la Mesa Redonda

Cuentan las “Leyendas Artúricas” (del Rey Arturo, a saber), que los Caballeros de la Mesa Redonda se sentaban ante una mesa con forma circular, con el objetivo de que ninguno tuviera más privilegios que otro, incluido el propio Rey. De esta manera, nadie sobresalía del resto, siendo todos iguales y sin un “líder”, como los de otras tantas mesas medievales.

Curiosamente, podía inferirse la importancia de cada uno en función del número de asientos que lo separaban del Rey, por lo que éste (astuto como era), dejaba que sus caballeros se sentaran aleatoriamente sin saber dónde se sentaría él cada vez.

Ya en nuestros días, las “Leyendas Accentúricas” (de Accenture, que bien valdría cualquier otra compañía) nos cuentan que rara vez se da la ocasión de sentarse ante una mesa redonda (en algún despacho, quizás), si acaso ovalada, cuadrada o rectangular. Mucho menos aún, se da el hecho de que todos tengan los mismos privilegios o condición ante los demás (tema este que trataré con más profundidad en una próxima entrega que lleva por título “Master and Commander“).

Aunque nos parezca trivial, el simple hecho de sentarnos a una mesa de reunión (con más gente, obviamente), puede tener un impacto enorme para nuestra carrera profesional o para alcanzar los objetivos con un cliente. He observado con demasiada frecuencia cómo ejecutivos experimentados (y no digamos comerciales) cometían errores imperdonables en el momento de sentarse a una reunión, reduciendo notablemente sus posibilidades al situarse de forma incorrecta ante sus interlocutores.

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El Hombre que Nunca Estuvo Allí

Magnífica película de los hermanos Coen rodada en blanco y negro (escala de grises, para los geeks) que narra la triste y aburrida vida sin emociones de un peluquero de pueblo (Billy Bob Thornton) en 1949. (Bueno, en realidad se ve implicado en un asesinato, pero no es la parte que más interesa para esta nueva entrada).

Lo llamativo del personaje es que se trata de un hombre absolutamente “gris”, que cumple con su trabajo, sus obligaciones domésticas y contribuye a la sociedad (este punto siempre me resulta llamativo de la cultura anglosajona, no sé porqué), y todo ello sin destacar lo más mínimo ni llamar la atención sobre su persona.

Bajo ninguna circunstancia se enfada, ni levanta la voz, ni participa activamente (o pro-activamente) en nada, sin expresar sus propias opiniones (que las tiene), sino que se deja llevar por el entorno, haciendo lo que le dicen que haga, y pasando sin pena ni gloria por su vida y las de los que le rodean.

En definitiva, el perfecto ciudadano cumplidor, responsable y absolutamente desconocido para su entorno. Realmente, si muriera, sería como si nunca hubiera estado allí (aunque el título no se refiera a esto último).

Curiosamente, este mismo “tipo” aparece con frecuencia en nuestro entorno laboral, como un compañero de trabajo competente, profesional y entregado (pero tampoco demasiado). Precisamente este es su rasgo más destacable: “No Demasiado” de nada.

En ocasiones nos puede resultar difícil detectarlo entre nosotros, dado que no es propenso a relacionarse (demasiado) con sus compañeros de trabajo, ni a confraternizar después de la jornada laboral, ni a proponer iniciativas (las apoya si surgen de otros) y jamás genera polémica ni mal ambiente con sus compañeros. El día que deja la empresa, nadie se acuerda ni de su nombre…

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