El Cuento de la Cenicienta

H ubo una vez una joven muy bella que no tenía padres, sino madrastra, una viuda impertinente con dos hijas a cual más fea. Era ella quien hacía los trabajos más duros de la casa y como sus vestidos estaban siempre tan manchados de ceniza, todos la llamaban Cenicienta.

U n día el Rey de aquel país anunció que iba a dar una gran fiesta a la que invitaba a todas las jóvenes casaderas del reino.

- Tú Cenicienta, no irás -dijo la madrastra-. Te quedarás en casa fregando el suelo y preparando la cena para cuando volvamos.

L legó el día del baile y Cenicienta apesadumbrada vio partir a sus hermanastras hacia el Palacio Real. Cuando se encontró sola en la cocina no pudo reprimir sus sollozos.

- ¿Por qué seré tan desgraciada? -exclamó-. De pronto se le apareció su Hada Madrina.

- No te preocupes -exclamó el Hada-. Tu también podrás ir al baile, pero con una condición, que cuando el reloj de Palacio dé las doce campanadas tendrás que regresar sin falta. Y tocándola con su varita mágica la transformó en una maravillosa joven.

L a llegada de Cenicienta al Palacio causó honda admiración. Al entrar en la sala de baile, el Rey quedó tan prendado de su belleza que bailó con ella toda la noche. Sus hermanastras no la reconocieron y se preguntaban quién sería aquella joven.

E n medio de tanta felicidad Cenicienta oyó sonar en el reloj de Palacio las doce.

- ¡Oh, Dios mío! ¡Tengo que irme! -exclamó-.

[ Fragmento de " La Cenicienta " ]

El temor de la Cenicienta se debía a que el Hada Madrina le había advertido que a partir de las doce, el encantamiento se desharía, recuperando su aspecto de antes y convirtiendo la maravillosa carroza en una gran calabaza.

Ya en nuestros días, si bien no solemos acudir a festejos similares con príncipes azules y demás (bien sea por pereza o por escasez de príncipes y princesas), sí nos encontramos con compromisos sociales tales como fiestas, eventos de fin de semana o escapadas lúdico-festivas, todas ellas organizadas por la empresa.

Cabe destacar que, si bien dichos acontecimientos tienen un alto componente informal, no dejan de ser encuentros profesionales, ya que a fin de cuentas, están promovidos por la compañía y los asistentes son miembros de la misma (y en ocasiones sus acompañantes).

Este punto resulta interesante por el simple hecho de que con frecuencia nos olvidamos precisamente de dónde y con quién estamos, y superados los primeros momentos del encuentro, tendemos con demasiada facilidad a comportarnos como si estuviéramos en una fiesta de amigos. Ya ni hablamos del tema si al final de la comida o cena tenemos a nuestra disposición una “barra libre” de tónicos revitalizantes con alcohol…

En más de una ocasión, encontramos al compañero que, por el abuso del alcohol monta el “numerito”, o por el exceso de confianza mal entendida le dice “cuatro verdades” a su jefe, o aquel que pierde los papeles con una compañera (vale para ambos sexos, aunque se da con mayor frecuencia entre los hombres). Y por supuesto, tendremos al “grupo de cachondos” que al término de la velada, hacen saber al resto que ellos continúan la juerga en otro sitio, para aquellos que quieran apuntarse.

No hay que olvidar que a pesar de ser un evento para relajarse del trabajo diario y relacionarse con otros compañeros, sigue siendo un entorno profesional, donde no hay amigos (aunque tengamos una cierta amistad o relación de confianza con algunos), y donde muy probablemente algunos superiores evalúen nuestro comportamiento, así como nuestros subordinados tomarán buena nota del ejemplo que les demos.

Siempre es positivo confraternizar, de la misma manera que es negativo pecar de exceso de confianza, ya que no olvidemos, que al día siguiente o el lunes deberemos re-encontrarnos con las mismas personas. Y queramos o no, seguirá habiendo una estructura jerárquica, que siempre resulta más llevadera si va apoyada por el respeto a la persona que por el número de “galones”. Recordemos también, que no debemos caer en actitudes de “El Patio de Colegio“, “El Hombre que Nunca Estuvo Allí” o “El Loro del Pirata“, y que por supuesto, tendremos ocasión de practicar con “Los Caballeros de la Mesa Redonda“.

Así que, cuidado con lo que hacemos y decimos en estos encuentros (profesionales), que pueden tener un impacto definitivo (tanto negativo como positivo) en la imagen que los demás puedan tener de nosotros, si no queremos que nos ocurra como a la chica del cuento: que pasemos de “príncipe” o “princesa” a calabaza.

Y para que no se nos olvide, recordemos aquella regla básica del protocolo que con tanta sabiduría nos dice:

“Nunca seas el primero en llegar a una fiesta, ni el último en irte de ella”.

Próximas entregas:

  • Arriba y Abajo
  • ¡Bonito Culo!
  • El Lado Oscuro de la Fuerza
  • Ciudadano Kane
  • La Familia Corleone

Y otras que vendrán…

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