Archivo de la categoría ‘Entorno Laboral’
El Cuento de la Cenicienta
H ubo una vez una joven muy bella que no tenía padres, sino madrastra, una viuda impertinente con dos hijas a cual más fea. Era ella quien hacía los trabajos más duros de la casa y como sus vestidos estaban siempre tan manchados de ceniza, todos la llamaban Cenicienta.
U n día el Rey de aquel país anunció que iba a dar una gran fiesta a la que invitaba a todas las jóvenes casaderas del reino.
- Tú Cenicienta, no irás -dijo la madrastra-. Te quedarás en casa fregando el suelo y preparando la cena para cuando volvamos.
L legó el día del baile y Cenicienta apesadumbrada vio partir a sus hermanastras hacia el Palacio Real. Cuando se encontró sola en la cocina no pudo reprimir sus sollozos.
- ¿Por qué seré tan desgraciada? -exclamó-. De pronto se le apareció su Hada Madrina.
- No te preocupes -exclamó el Hada-. Tu también podrás ir al baile, pero con una condición, que cuando el reloj de Palacio dé las doce campanadas tendrás que regresar sin falta. Y tocándola con su varita mágica la transformó en una maravillosa joven.
L a llegada de Cenicienta al Palacio causó honda admiración. Al entrar en la sala de baile, el Rey quedó tan prendado de su belleza que bailó con ella toda la noche. Sus hermanastras no la reconocieron y se preguntaban quién sería aquella joven.
E n medio de tanta felicidad Cenicienta oyó sonar en el reloj de Palacio las doce.
- ¡Oh, Dios mío! ¡Tengo que irme! -exclamó-.
[ Fragmento de " La Cenicienta " ]
El temor de la Cenicienta se debía a que el Hada Madrina le había advertido que a partir de las doce, el encantamiento se desharía, recuperando su aspecto de antes y convirtiendo la maravillosa carroza en una gran calabaza.
Ya en nuestros días, si bien no solemos acudir a festejos similares con príncipes azules y demás (bien sea por pereza o por escasez de príncipes y princesas), sí nos encontramos con compromisos sociales tales como fiestas, eventos de fin de semana o escapadas lúdico-festivas, todas ellas organizadas por la empresa.
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El Loro del Pirata
Tradicionalmente, siempre que pensamos en piratas, corsarios y bucaneros, nos viene a la memoria la imagen del típico pirata con barba, parche en el ojo, pata de palo (si ya lleva un tiempo en el oficio) y, por supuesto, el ya famoso loro como animal inseparable de su amo.
Es interesante ver cómo, a lo largo de la historia de cine, el género de “piratas” siempre incluye a este bicho, que se caracteriza por su insolencia, su mirada hostil y su constante vigilar a los subordinados del capitán en cuestión. Dicho animal acaba resultando pesado e irritante la mayoría de las veces, cuando no odioso. En definitiva, y salvo raras excepciones, a todos nos entran ganas de desplumar al animalito en cuestión para que calle, o cuando menos, tirarlo por la borda para poner fin a su constante mirada inquisitoria.
Curiosamente, este misma figura (el “loro”, no el “pirata” que también los hay), la encontramos en prácticamente todas las empresas, ya sea en forma de Jefe de Proyecto, Gerente o Director de “algo”, es decir, como “mando intermedio” con algo de poder, pero tampoco demasiado. Su comportamiento típico para con sus subordinados consiste en delegarles tareas o asignarles trabajos que habrán de realizar (siempre de acuerdo a sus capacidades profesionales, por supuesto) en un plazo determinado o para una fecha de entrega concreta.
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El Patio de Colegio
Qué “monos” estos niños jugando en el patio del colegio ¿verdad?
¿Quién no recuerda con ternura aquellos momentos de nuestra infancia en los que intercambiábamos cromos, juguetes e historias con nuestros amigos más fieles?
Inventábamos aventuras en las que éramos superhéroes o piratas o villanos, y conspirábamos para fastidiar a los profesores de formas maquiavélicas (que casi nunca llevábamos a la práctica).
En clase, nos escondíamos unos a otros algún objeto de valor incalculable: el estuche, el “boli” favorito, la mochila, lo que fuera que fastidiara más al enemigo acérrimo (el que nos caía mal). Nos compinchábamos con nuestro “amigo para siempre” con el objetivo único de reírnos de la víctima escogida, a través de apodos brillantes, o cualquier otra argucia que nos hiciera parecer los más “guays” de la clase.
También nos peleábamos y reñíamos, y nos pasábamos horas o incluso días sin hablarnos con algún amiguito que nos había hecho alguna faena terrible…
… hasta que llegaba algún “mayor” (profesor o padre) para poner orden y solucionar los desencuentros, y la terrible ofensa pasaba a la historia como tontería sin importancia.
Mucho debía de gustarnos esta época para haberla trasladado a nuestras vidas actuales en el entorno profesional.
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