Nunca antes los retos habían sido mayores para los ejecutivos que deben obtener resultados a través de sus equipos o personas a su cargo.

Los enormes cambios tanto sociales como culturales, y las nuevas tecnologías han conspirado para convertir los antiguos modelos de liderazgo en algo totalmente inservible.

Las organizaciones se están dando cuenta de que la vieja retórica de “las personas son nuestro mayor activo” es realmente cierta. En la era del conocimiento, la ventaja competitiva radica indudablemente en la capacidad de contar con los mejores profesionales que den lo máximo de sí mismos.

Sin embargo, ya no es posible desarrollar a las personas simplemente confiándonos al conocimiento de terceras partes. Este es el enfoque ortodoxo para la formación y el desarrollo profesional, pero es deficiente ya que asume que la razón para un rendimiento más bajo es la carencia de ciertos conocimientos o habilidades. En cambio, ignora el papel fundamental que la actitud o el estado mental adecuado juegan en la realización de cualquier tarea. Todos conocemos algún caso de personas que aparentemente cuentan con todos los conocimientos y habilidades necesarias, pero que por alguna razón no son capaces o no están dispuestos a traducirlos en un alto rendimiento.

Lo que necesitamos entonces es un método para desarrollar todo el potencial de los profesionales. Como las estructuras tradicionales han desaparecido, ahora las personas quieren y necesitan que les potencien a encontrar su propio camino y estilo. Estas son cualidades cruciales que no pueden enseñarse, sino que deben ser alimentadas y orientadas adecuadamente.